Estoy casada, pero extraño mi vida de soltera y sin compromisos

¿Te Pasa a Vos?

“No tienes que venir si no quieres” me dijo mi esposo Ryan, mientras se ataba sus zapatillas y metía su billetera en el bolsillo.  Sus padres estaban por llegar a nuestro apartamento en cualquier momento y yo todavía estaba en pijama, envuelta en las sábanas como un capullo.

“¿Estás seguro de que no les importa?” le pregunté.  Aunque realmente estaba aliviada de que Ryan entendiera que necesitaba un día libre de sus padres quienes se encontraban de visita, no podía ignorar una molesta sensación quemándome el estómago.  Antes de que pudiera preguntar, le dije: “¿Estás bien con que me quede en casa?”

“Por supuesto que sí, ¿por qué no lo estaría?”, me dijo él.  “Te enviaré un mensaje de texto después, y si quieres, nos puedes alcanzar para cenar”. Ryan me dio un beso rápido antes de salir apurado.

Esperé hasta que escuché que cerró la puerta de enfrente; luego exhalé. No era que no disfrutara pasar tiempo con sus padres.  Pero después de cuatro años de matrimonio, estaba empezando a sentirme abrumada por las obligaciones familiares que de pronto me sentí forzada a cumplir, obligaciones que no existían en mi familia disfuncional, especialmente cuando era soltera.

Al crecer, apenas pude distanciarme de mi madre bebedora y del alcohólico que escogió para ser mi padrastro.  Juntos crearon una vida dominada por la bebida y la violencia, que se extendió mucho más allá de las cuatro paredes de nuestro humilde hogar en Filadelfia.  Su boda, mi primera comunión, casi todas las navidades y muchos cumpleaños se arruinaron por el drama que usualmente enviaba a alguien al hospital o dejaba a alguien esposado al final de la noche.

No fue hasta mi cumpleaños número ocho que escapé del caos y me mudé, a 30 minutos de distancia, con mi padre y mi madrastra, dos personas que parecían serenas y tranquilas, con familiares y amigos pero tan erráticos e irracionales como mi mamá y mi padrastro.  A lo largo de los años, mi padre pasó más tiempo en su garaje embriagándose con Budweiser que el que dedicó a hablar conmigo, mientras que mi madrastra manejaba todos los trucos mental y emocionalmente abusivos disponibles para volver un nudo mi autoestima ya enredada.  Mientras vivía bajo su techo, siempre buscaba una manera de salir de allí.

Poco después de comenzar mi primer año de universidad, mi madrastra empacó todas sus cosas en el auto y se fue a Florida para estar con un amante que había conocido por Internet.  Después de unos días, ya en su nueva vida, llamó para explicar por qué se fue. “Haberme ido para Florida”, dijo ella, “es como para ti haberte ido a la universidad”.  Al principio, como lo había hecho tantas veces antes, intenté hacer que su excusa sonara irracional en mi cabeza.  Pero no pude hacerlo y fue cuando me di cuenta que no tenía que volver a hacerlo, si no quería.  Durante el amorío de mi madrastra, encontré una salida a la disfunción familiar que nos rodeaba.  Desde ese punto en adelante, me di permiso de decirle que no a cualquier familiar o reunión que pusiera en riesgo mi seguridad o salud mental.

Al pasar de los años, eso significaría decirle que no a las cenas de Nochebuena en la casa de mi tía, perderme el funeral de mi abuela y no sentirme nunca más presionada por enviar flores o reservar una cena el Día de las Madres.  Lo que al principio se sintió como un tabú se convirtió en un nivel de libertad que impulsó tanto mi confianza como el espacio que necesitaba para recuperarme de décadas de abandono y abuso.

Ser soltera y con completo control sobre cuándo y si paso tiempo con mi familia significó que mi vida estaba libre de obligaciones.  Si quería pasar Acción de Gracias en mi pijama comiendo comida china y viendo temporada tras temporada de “Sex and the City”, eso era lo que hacía. Durante ese tiempo, nunca se me ocurrió que algún día conocería y me casaría con alguien como Ryan, quien envía flores el Día de las Madres, visita a su abuela por su cumpleaños y viaja a Long Island en Navidad para pasar tiempo con ambos lados de su familia.  Para mí, ese tipo de eventos siempre fue opcional.  Pero para mi esposo, es cómo él le muestra a su familia que le importa.

De vuelta a mi apartamento, más tarde esa noche, recibí un texto de Ryan sobre la cena: “Estamos comiendo en GBK.  ¿Quieres venir?”.

Después de que Ryan se fue esa mañana, me bañé y me volví a poner la pijama.  Ordené sushi para almorzar, vi una temporada de “The Trailer Park Boys” en Netflix y pensé hacer cupcakes.  Aunque mis días de soltera libres de obligación se habían acabado, eso no significaba que ocasionalmente no podría hacer un breve “viaje de regreso” para visitar mi vieja vida.  Así que cogí mi teléfono y respondí: “Nah, creo que me quedo por esta noche”.

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